Adiós a Hideki Sato, el ingeniero que puso una infancia entera en nuestras manos

Adiós a Hideki Sato, el ingeniero que puso una infancia entera en nuestras manos

Hay despedidas que no se anuncian con estruendo, pero que se sienten como cuando se apaga una sala recreativa entera: de golpe, sin previo aviso, y con ese eco raro de monedas cayendo en el suelo aunque ya no haya nadie jugando. Esta semana hemos sabido que Hideki Sato ha fallecido el 13 de febrero a los 77 años.

Para mucha gente su nombre será “uno más” en la trastienda de la industria. Para quienes crecimos con mandos en las manos, es otra cosa: es la firma invisible de una época. La de encender la tele, soplar un cartucho (sí, ya sabemos) o escuchar el zumbido de un lector de CD mientras el logo de SEGA abría la puerta a mundos imposibles.

El arquitecto del salto: de los arcades a la consola del salón

Sato empezó en Sega en los años 70 trabajando sobre todo en recreativas, y cuando la compañía decidió llevar esa magia a casa, él estuvo en el centro del giro. No hablamos de “participó en un proyecto”: hablamos de haber dirigido o supervisado la creación de una línea de consolas que atraviesa décadas (SG-1000, Master System, Mega Drive, Saturn, Dreamcast) como si fueran capítulos de una misma biografía tecnológica.

Y eso, visto con perspectiva, es casi imposible de dimensionar. Porque cada una de esas máquinas no era solo plástico y chips: era una manera distinta de imaginar el videojuego. Un lenguaje nuevo cada pocos años. Y, para los jugadores, la sensación de estar viviendo el futuro en tiempo real.

Cuando la historia pesa: presidir Sega en su tramo más difícil

Hay una parte de su trayectoria que duele especialmente por lo simbólica: Sato llegó a presidir la empresa entre 2001 y 2003, justo cuando el sueño del hardware empezaba a resquebrajarse y la compañía navegaba un periodo durísimo. Según relata la prensa, le tocó gestionar años de pérdidas y un entorno empresarial convulso; aun así, cuando dejó el cargo lo hizo tras presentar cuentas en beneficios, un pequeño respiro en medio de la tormenta.

No es la clase de final que uno desea para alguien que había construido tanto. Pero también hay algo profundamente humano ahí: el creador que, después de levantar un imperio de imaginación, tiene que acompañarlo en su caída… y aun así mantener la dignidad del oficio.

Lo que nos deja: una forma de entender el videojuego

Se dirá, con razón, que su última gran consola no ganó la guerra. Pero eso es una lectura demasiado fría para alguien que cambió el mapa. La herencia de Sato no cabe en cuotas de mercado: vive en la memoria muscular de nuestros dedos, en esa relación íntima entre jugador y máquina.

En ClubJapo hablamos mucho de Japón como cultura de la obsesión bien entendida: hacer las cosas con un punto de orgullo, con el detalle como religión. Sato representa exactamente eso en el videojuego japonés. El tipo de ingeniero que no buscaba protagonismo, sino que dejaba que el objeto hablara por él.

Hoy toca decirlo claro, sin postureo: gracias. Gracias por las tardes infinitas, por las noches de verano con la ventana abierta y el sonido de un ventilador viejo mezclado con el de una consola trabajando. Gracias por haber hecho que una generación entera asociara una palabra (SEGA) a una emoción.

Descansa en paz, Sato-san. Lo que construiste no se apaga.

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